DE LA ADVERSIDAD AL ÉXITO: ESTA ES MI HISTORIA, SOY MEMO SERRANO
Las historias de éxito suelen contarse al revés. Primero aparecen los resultados: la carrera construida, los proyectos, el dinero, las personas que hoy escuchan a quien cuenta la historia. Después se mira hacia atrás y se ordenan los acontecimientos hasta convertirlos en una trayectoria casi inevitable. Pero una vida no se siente así mientras está ocurriendo. Hay decisiones que se toman sin saber qué van a producir, oportunidades que llegan cuando menos se esperan y momentos difíciles cuyo significado solo puede entenderse años después.
La historia de Memo Serrano tiene varios de esos momentos. Creció en Sinaloa, en una familia donde recibió amor y aprendió desde pequeño el valor del trabajo, la integridad y la honestidad. Como muchos hijos, también recibió una idea de lo que podía ser una vida bien construida: estudiar, conseguir un buen trabajo, formar una familia y alcanzar estabilidad. Durante muchos años siguió ese camino con determinación. Estudió ingeniería, trabajó mientras terminaba la carrera y fue construyendo una trayectoria profesional que lo llevaría de Ciudad Juárez a Tijuana y, posteriormente, a Estados Unidos.
Esta es mi historia. Soy Memo Serrano.
Mira este video donde Memo Serrano comparte en primera persona los momentos, decisiones y aprendizajes que forjaron su camino desde la adversidad hasta el éxito.
Cuando la adversidad se convierte en un punto de transformación

La identidad detrás de nuestras decisiones
Las creencias que aprendemos a llamar «nuestra forma de ser»
El momento de dejar de reaccionar y empezar a decidir
Reentrenar la identidad para construir algo diferente
Empieza a trabajar en tu identidad con Despertar
Los primeros años
Hola, ¿cómo estás? Te saluda Memo Serrano. Para mí es un honor compartirte mi historia y por qué me dedico a lo que me dedico hoy en día.
Crecí en Sinaloa, México. Mis padres siempre me dieron amor, me enseñaron a trabajar con integridad y honestidad. Sin embargo, también me transmitieron el plan de vida tradicional: 'Hijo, estudia para que tengas un buen trabajo, te cases y seas feliz'. Y eso fue lo que hice.
Estudié ingeniería y, durante más de cinco años, trabajé y estudié simultáneamente. Trabajaba de doce de la noche a seis de la mañana en una maquiladora de Ciudad Juárez como técnico de prueba, ganando 700 pesos a la semana; a las siete de la mañana entraba a clases en el Tecnológico.
Tuve que hacerlo porque en mi familia no teníamos dinero. Aunque mis padres siempre nos brindaron amor y una buena vida, llegó una etapa muy retadora. Agradezco enormemente esa experiencia porque sé que nos forjó el carácter a mis hermanos y a mí.
Recuerdo que al llegar a Ciudad Juárez veía a las personas dormidas en las rutas de transporte público y pensaba: '¿Cómo se duerme la gente?'. Poco tiempo después, yo era uno de ellos.
Esa etapa fue sumamente difícil. Lloraba de desesperación y quería regresarme; estaba solo con mi hermano, con mis padres lejos en Sinaloa. Hacía mucho frío y teníamos poca ropa. 700 pesos semanales en 1998 no alcanzaban para nada, pero forjaron la resiliencia que hoy me define.
Cuando una oportunidad cambia tus estándares
Al terminar la carrera busqué un puesto como ingeniero, pero las empresas locales no ofrecían el sueldo correspondiente. Decidí irme a Tijuana, donde vivía mi hermano mayor. Me despedí de mis amigos, cargué mi ropa en un pequeño automóvil —que era mi único patrimonio— y emprendí el viaje lleno de ilusión.
No fue fácil. Tras varios meses con dificultades económicas, busqué empleo en el periódico luego de un intento fallido de comercializar equipos para un empresario estadounidense. Aquel fracaso en ventas sembró en mi mente la creencia limitante de que yo no era bueno para vender, una idea que me acompañó durante años.
Encontré una vacante de ingeniero de diseño en una empresa transnacional en Tecate. A pesar de los exigentes requisitos, fui a la entrevista en inglés con directivos de Milwaukee y fui seleccionado.
Pasar de ganar 700 pesos semanales a 900 pesos diarios transformó mi realidad. Además, al mes me enviaron seis meses a Milwaukee, cubriendo departamento, automóvil y sueldo.
Esa experiencia elevó mis estándares y expandió mi autoimagen. Comprendí que era posible aspirar a una vida mucho mejor y tomé la firme decisión de que viviría en Estados Unidos.
Al regresar a Tecate, apliqué para la gerencia de ingeniería. Fui contratado y a los 25 años ya dirigía un equipo de 30 ingenieros de diseño. Estando en la cúspide salarial de la planta, decidí retomar mi meta: apliqué a una vacante interna en Estados Unidos y en 2007 la empresa gestionó mi emigración.
Una vida que no era la que imaginaba
Para entonces llevaba siete años casado con una persona que fue una gran maestra desde la adversidad. Durante ese tiempo nunca expresó su negativa a tener hijos, mientras en mí crecía el anhelo de ser padre.
En aquel momento carecía de la madurez y del crecimiento personal que tengo hoy. Tenía malos hábitos y abusaba del alcohol; incluso tocaba el acordeón en un grupo norteño, viviendo de fiesta en fiesta para ocultar un profundo vacío interior porque no me sentía pleno.
A los siete años de vivir en Estados Unidos con visa de trabajo, ella me anunció que estaba embarazada. Sin embargo, en lugar de alegría, comenzó a manifestar dolores continuos y a insistir en que debía abortar.
La acompañé a múltiples ginecólogos en Tijuana y San Diego, donde los médicos confirmaban que todo marchaba bien. Me tocó escuchar los latidos del corazón de quien habría sido mi primogénito, con sentimientos encontrados de ilusión y confusión.
Finalmente tomó la decisión de interrumpir el embarazo. Al salir del procedimiento se mostró sumamente alegre, lo que me causó un impacto emocional devastador. Acudimos a terapia psicológica, pero comprendí que la relación no tenía futuro. Decidí poner fin al matrimonio y ella regresó a Mexicali.
La etapa más oscura
Entré en una de las etapas más oscuras de mi vida. Me refugiaba en el alcohol y en las amistades, pero por dentro me sentía completamente roto y devastado.
Esa oscuridad me llevó a pensamientos suicidas. No comprendía por qué me ocurría aquello si había seguido al pie de la letra el guión social de estudiar, trabajar, casarme y buscar la felicidad. Mis padres llevaban casi 50 años casados y el divorcio no estaba en mis planes.
Fueron meses de quiebre emocional absoluto. En medio de ese fondo conecté profundamente con Dios y comprendí que mi vida tenía un propósito mucho más elevado.
En ese periodo conocí a Violeta Álvarez, el amor de mi vida, quien me rescató de las cenizas. Con ella podía mostrar mi vulnerabilidad y sanar el dolor acumulado. Al poco tiempo quedó embarazada.
Durante el proceso de divorcio enfrenté una demanda que me impedía traer a Violeta y a nuestro hijo Leonardo a Estados Unidos. Viajaba cada fin de semana de San Diego a Mexicali, cuestionando por qué sucedían las cosas. Al nacer Leo, el divorcio se resolvió a mi favor y poco después nos concedieron la residencia a los tres.
Más adelante abrimos un negocio de productos nutricionales en Tijuana. Aunque fue un gran aprendizaje, el modelo no prosperó y atravesamos nuevas dificultades financieras.
El desarrollo personal y el autoconocimiento
El desarrollo personal se convirtió en la luz al final del túnel: el autoconocimiento necesario para comprender quién era y hacia dónde quería ir.
En 2021 me encontraba en una situación económica muy apremiante. Mi esposa me encontró llorando en una habitación, frustrado de trabajar incansablemente sin ver los resultados deseados. Sabía que no era por falta de esfuerzo, sino por falta de mentoría.
En ese momento recibí una invitación a un seminario virtual de cinco días con Bob Proctor. La información resonó profundamente conmigo y sentí que era la respuesta que tanto había pedido.
Al quinto día pregunté cómo podía formarme como consultor. El costo de la certificación era de 2,000 dólares. No tenía el dinero, pero tomé una decisión irreversible y salí a buscarlo prestado.
Enfrenté rechazos y burlas de personas cercanas que cuestionaban mi capacidad para ser coach. A pesar del dolor que causaban esos juicios, superé el ego, conseguí el préstamo e invertí en mi formación, aprendiendo lo que significa vivir por fe.
Tomar una decisión y sostenerla
Al tomar la decisión de certificarme y comenzar como consultor, enfrenté una fuerte resistencia mental y del entorno. A los cinco días sufrí un grave accidente con una banda elástica que me golpeó el ojo, provocando una hemorragia y pérdida temporal de la visión.
Pasé mes y medio en cama con la deuda económica, dos hijos pequeños y una nueva carrera por construir. Comprendí que nadie vendría a rescatarme y que dependía enteramente de mi determinación.
Me dediqué de 12 a 14 horas diarias a estudiar los principios de Bob Proctor y comencé a redactar mi autoimagen en tiempo presente, definiendo con exactitud la persona en la que me estaba convirtiendo.
Decidimos vender los muebles y la casa en Rosarito para mudarnos a Estados Unidos y apostar todo a nuestra nueva visión. Con el respaldo incondicional de mi esposa Violeta, nos fuimos temporalmente con mis padres. Cada mañana me miraba al espejo autosugestionándome desde la gratitud y la certeza de los resultados deseados, viviendo por fe y no por vista.
A los tres meses generé 77,000 dólares en dos semanas. Empecé a formar grupos de coaching y hoy cuento con 18 generaciones, cientos de alumnos y millones de dólares generados.
Este camino ha sido posible gracias a Dios, a mi esposa, a mis hijos, a mi mentor Bob Proctor y a cada uno de los estudiantes que han confiado en mí. Toda la sabiduría acumulada en cuatro décadas y en estas experiencias de vida está volcada en este programa para acompañarte paso a paso a transformar tu realidad. Si estás listo, caminemos juntos.